¿Cómo sobrevivir a un gran salto?

El Satori del cambio

Mario se define como un tío “bastante normal”. Desde hace casi 10 años trabaja como administrativo en una empresa. No le gusta su trabajo pero hoy en día “¿a quién le gusta su trabajo?” Le permite pagar su casa, su coche, el seguro de su coche y “tal y como están las cosas…”.

A pesar de que nadie lo ha notado y en general todo el mundo lo considera un tío simpático, Mario se siente profundamente solo. Hace casi un año que apenas tiene vida social, exactamente el mismo tiempo en el que necesita un par de copas antes de acostarse, sólo para “dejar de darle vueltas a todo”. Piensa que su trabajo “no le deja tiempo para nada” y empieza a sentirse irritado con prácticamente todo el mundo.

Aunque intuye que “algo no va bien”, Mario no sabe cómo hacer para cambiar las cosas.

Un día, exactamente un jueves las 07:45 de la mañana, se ha mirado en el espejo y le ha bastado un segundo para decidir que “su vida no puede seguir así”.

Han pasado seis meses, desde entonces Mario ha empezado a comer mejor y hacer ejercicio.

Al principio resultó complicado, de hecho, a veces su cabeza se llena de preocupación como antes y no se considera capaz de seguir avanzando, pero el caso es que “sus pequeños cambios”, así los llama el, le hacen sentirse fuerte. Sale más, se siente atractivo y hasta se ha planteado dejar su trabajo para tal vez “hacer algo distinto”, “algo que le haga feliz”. En fin, es sólo una idea… aún no le ha dado muchas vueltas, tampoco se lo ha contado a nadie, pero el caso es que por fin, desde hace mucho tiempo, ha dejado de centrarse en “lo mal que va todo” para imaginar “lo bien que podría ir”.

El día exacto, porque las cosas no suceden sin más, Mario ha conocido a Lea. Lea es una chica diferente, o por lo menos parece mirarle de manera diferente. Es simpática, muy simpática. Hoy tienen su primera cita, han quedado a las 20:00 en una cafetería “con ese algo especial del barrio gótico de Barcelona”. Todo parece ir viento en popa, o por lo menos eso parece… 

Mario, ha salido un poco antes del curro y ha aprovechado para pasarse un momento por el supermercado y comprar un botella de whisky, y es que a pesar de que lleva seis meses sin beber, una copa “le va a venir bien” para sentirse “más cómodo” en su cita con Lea. Hoy, a diferencia de las últimas semanas no ha ido a entrenar, se siente muy cansado, nervioso e irritable.

El reloj marca las 20:00 en la sala de estar de Mario, que ha puesto la tele más alto de lo normal, se ha servido una copa y ha decidido que “no quiere pensar”, quiere “dejar de sentir”, encontarse a salvo de todos los pensamientos y emociones que parecen haber tomado el control de su mente. El teléfono no para de sonar y Mario se dice a sí mismo que “hoy no es un buen día” para su cita con Lea.

***

Nuestras células sufren millones de transformaciones a lo largo del día ¿Sabías que en menos de un año una persona renueva el 98 por ciento de los átomos de todo su cuerpo? Aproximadamente cada mes fabricamos una nueva piel, cada tres meses un nuevo esqueleto y tardamos en renovar por completo nuestro ADN unas seis semanas. Somos básicamente energía reciclada, materia en constante cambio.

A pesar de que continuamente estamos transformándonos, en un nivel profundo de conciencia experimentamos los cambios de manera intermitente como saltos, momentos de inflexión que nos devuelven una imagen distinta del mundo.

Para los indús, Satori, los budistas hablan de iluminación y los gestálticos acuñan el concepto de insight pero el caso es que este “salto de conciencia” común a todos los seres humanos habla de un momento de cambio, de comprensión, que nos impulsa a habitar lugares nuevos de conciencia.

Este salto de conciencia, que a veces parece llegar por casualidad pero que no es sino la suma de cambios que se concretan en un momento concreto, puede ser recibido con una fiesta de bienvenida o por el contrario seguido de un miedo atroz que nos inunda de emociones, nos paraliza y nos coloca en una situación de aparente retroceso.

La historia de Mario refleja esos momentos de transición donde la vida nos conduce a transformarnos, a saltar, a zambullirnos hacia lo desconocido.

¿Por qué si el cambio es una parte tan importante de nuestra naturaleza nos cuesta tanto transitar hacia lugares nuevos? ¿Cómo podemos ser capaces de dar un buen salto? 

  • ENTENDER LA NATURALEZA DEL CAMBIO

Si alguna vez has atravesado una enfermedad o sufrido una gran pérdida, te habrás dado cuenta de cómo tras el impacto inicial… aparece una especie de esta fase de iluminación, esto que algunos denominan como “guiño puntual de la verdadera naturaleza de la existencia”.

Pasamos de estar dormidos para conectarnos con el verdadero ritmo de la vida. Recuperamos una vitalidad que ni siquiera recordábamos tener, de pronto nuestros objetivos parecen más claros que nunca y las dudas desaparecen de nuestra mente. Comenzamos a atravesar el cambio, sin temor y sin estar aferrados a nada.

Este tipo de experiencias parece arrancarnos ese velo que tapa nuestra forma de vivir el mundo pero al cabo del tiempo… parece olvidársenos de nuevo.

Ser conscientes cada día de que nada es fijo, de que todo está continuamente evolucionando y transformándose nos da una visión distinta de cómo funcionan las cosas.

Para un segundo e imagina dónde estabas hace 7 años ¿Cuáles eran tus sueños? ¿En qué se ha transformado tu manera de ver el mundo? Probablemente en este tiempo has amado, has emprendido nuevos proyectos o has conocido a gente distinta.. si no lo has hecho… tal vez hoy puede ser un buen día para empezar a hacerlo

Al igual que las flores nacen en primavera y los árboles pierden sus hojas antes de que el invierno llegue, la naturaleza del mundo es cambiante y tú perteneces a esa misma naturaleza. Puedes resistirte a cambiar pero por mucho que lo intentes tú eres parte de todo esto.

  • SOSTENER EL CAMBIO

Aunque desde pequeños nos enseñan el valor del esfuerzo, del éxito y de conseguir un resultado, normalmente no nos enseñan a aceptar y sostener por ejemplo, la tristeza, el enfado, la frustración o el miedo.

Este tipo de emociones o sentimientos, que no son ni buenos ni malos, simplemente son parte de nosotros, se convierten en una constante fuente de malestar y rechazo y cuando llegan intentamos evitarlos a toda costa.

Algo curioso es que la energía que provoca este tipo de emociones es tan poderosa que crea precisamente lo que se teme. A veces entramos en bucles en donde continuamente atraemos y rechazamos aquello que más miedo nos da, como una gran ola que nos arrastra una y otra vez mar adentro sin ser capaces de llegar a alcanzar la orilla.

¿El desenlace…? construimos corazas tan perfectas que nos volvemos insensibles ante la vida o fugamos hacia hábitos o pensamientos que poco a poco van destrozándonos por dentro.

Mario es un ejemplo de cómo, ante la ansiedad que despierta en nosotros enfrentarnos a una situación nueva, nos refugiamos en esos viejos conocidos (adicciones, pensamientos,..) que aunque se alejan bastante del tipo de vida ideal que queremos experimentar, sí nos hacen sentir protegidos, seguros, anestesiados,..

Sostener el cambio tiene que ver con la decisión de estar y no de resolver. Aceptar aquellas emociones que forman parte de nosotros y aprender a convivir con ellas.

Eso no significa que debamos pasarnos la vida sufriendo ni tumbados en la cama ante los reveses del destino. Sostener el cambio es una forma nueva de estar más activos que nunca, tal vez no de la manera que nos han enseñado, pero si absolutamente sumergidos en el presente.

Convivir con aquellos sentimientos o emociones de los que llevamos tiempo escapando, sin fugar hacia la preocupación, la culpa o nuestros propios mecanismos de autosabotaje, es una verdadera forma de valentía. Nos permite transcender nuestra zona de confort, dejar de controlarlo todo y empezar a aceptarnos, confiar en nuestra verdadera esencia, en nuestra personal forma de sostener el cambio.

  • EL APEGO

Otro paso importante para atravesar saltos con soltura y sin miedo es identificar aquello a lo que nos aferramos, a lo que nos apegamos y que nos resta libertad. 

¿Qué pone límites a tus saltos?

El apego no tiene sólo que ver con aquello que tememos perder, que nos atemoriza perder cuando pensamos que las cosas pueden cambiar, también habla de la forma en la que nos aferramos a nuestros sueños.

Cuando nuestros sueños y objetivos se convierten en un objeto de apego, nos desconectamos de lo que nos hace verdaderamente especiales y pasamos a identificarnos con la forma, con una parte mínima de lo que ya somos.

Dejamos de estar en el presente y rechazamos el cambio porque no estamos abiertos a que ocurra algo distinto a lo que deseamos que ocurra, comenzamos a caminar a oscuras, alejándonos cada vez más de nosotros mismos.

Y ¿Cómo nos desapegamos de nuestros sueños? Confiando en que vendrán, y vendrán de la mejor forma posible. Con cada pequeño gesto o decisión, cuando estamos verdaderamente conectados con nosotros mismos los estamos llamando, estamos reflejándolos en el mundo.

Si no es así puede que hayamos empezado a aferrarnos a los sueños de otros y por mucho que lleguen jamás nos harán felices del todo porque no estarán contando tu historia, estarán contando la historia de otro.

Pregúntate ¿En qué grado hablan de ti tus sueños y cómo de apegado estas a ellos? ¿A qué te aferras y qué te resta libertad para saltar?

VISUALIZA EL SALTO PERFECTO

No apegarnos a nuestros sueños no significa que no podamos crear aquello que deseamos tener en nuestra vida. Crearlo con la flexibilidad necesaria para ser capaces de adaptarnos a lo que está ocurriendo a nuestro al rededor.

El cerebro humano sólo necesita una intención clara para que todo un complejo entramado de neuronas y neurotransmisores comiencen a adaptarse al cambio que queremos producir en nuestra vida.

Visualizar sin apego al resultado y sin presentar resistencia al cambio es hacer posible que cosas aparentemente imposibles sucedan.

¿Qué límites te pones a ti mismo? Si te preguntas cómo es posible que una bellota sea capaz de convertirse en un gran roble o una pequeña semilla pueda atravesar una gran roca probablemente no encuentres una respuesta lógica.

¿Sabías que una libélula puede llegar a pasar cinco años en estado de larva y en cuestión de 20 minutos desplegar sus alas convirtiéndose en uno de de los insectos más rápidos y sorprendentes del reino animal?

 

El mundo es una gran reserva que puede abastecernos de todo aquello que deseamos si estamos abiertos a estar continuamente transformándonos. Enfoca tu pensamiento en quien te gustaría ser, acepta quién eres hoy y comienza a producir en tu vida el cambio que está esperando producirse..

Recuerda…

  1. ¡Prepárate para el salto!… ¿Sabias que de los aproximadamente 60.000 pensamientos que tiene una persona al día, al rededor del 95 por ciento son los mismos que tuvo el día anterior? Si haces las cosas siempre de la misma forma el resultado será siempre el mismo. Si quieres estar abierto al cambio, atrévete hoy a hacer las cosas de forma distinta. 

  2. Conéctate con el presente. Si estás entrando y saliendo entre el pasado y el futuro, la vida se manifiesta como un esfuerzo continuo. Pon atención a lo que haces y en cómo lo haces y el premio será la vitalidad y la confianza necesaria para “dar el salto”. 

  3. Comprometeté con el cambio y acepta las emociones no como buenas o malas sino simplemente como parte de ti y de lo que estás viviendo ahora ¡No juzgues tus emociones, vívelas! 

  4. No le des demasiada importancia a las cosas.. Cuando nos damos cuenta de que no necesitamos poner tanto esfuerzo en cada cosa que hacemos algo se relaja dentro de nosotros mismos. Un niño no se plantea en saltar, ¡simplemente, salta! 

  5. Visualiza el lugar en el que quieres encontrarte. No desde la razón sino desde el corazón, viaja al centro de ti mismo..

  6. Y salta…

 

Álvaro Cea – Actor, Psicólogo y Coaching

 

Advertisements
Standard

LA CULPA o esa sutil forma de autosabotaje

Podríamos definir el sentimiento de culpa como un estado de ánimo autodestructivo, un sentimiento de profundo dolor que parece restarnos energía, desgastarnos y que normalmente suele venir acompañado de arrepentimientos y autorreproches ante la sensación de “haber fallado”.
Cuando este sentimiento se instala de manera habitual y se interioriza hasta el punto de transformarse en agresividad hacia uno mismo, cuando se convierte en una crítica constante hacia quienes somos, distorsiona además profundamente la manera en la que nos percibimos destrozando nuestro autoestima.
Podríamos decir que todos, en mayor o menor grado y en algún momento de nuestra vida, hemos llegado a sentir eso: culpa, un sentimiento tan humano como el orgullo, el rencor o el vértigo.
Cuando haces dieta y de pronto te comes a hurtadillas una onza de chocolate, puede aparecer la culpa, cuando no estudias todo lo que desearías haber estudiado, aparece la culpa, cuando sientes que no has hecho todo lo que podrías o deberías, que has traicionado quién eres, no estás sintiendo lo que deberías sentir o no has luchado lo suficiente, aparece la culpa. Todos en mayor o menor medida hemos sentido esta desafiante voz interior.
Pero ¿Qué se esconde detrás de este sentimiento?
El amanecer de la culpa es una expresión de cómo tu propia identidad, eso que te hace ser absolutamente especial y distinto al resto, se ha visto amenazado por una de tus acciones o la ausencia de ellas.
Puede resultar bastante difícil de creer, sobre todo con la definición con la que he empezado este artículo, que este sentimiento tenga alguna utilidad, pero en realidad, como cualquier sentimiento, la tiene. La culpa es el vehículo a través del que una parte muy profunda de nosotros mismos nos informa de que algo no está saliendo de la manera prevista en nuestro cuaderno de viaje, nos avisa de que nuestros valores han sido trasgredidos de alguna forma.
Y es que parte de ese manejo transformacional que nos habilita a llevar una vida con propósito necesita una voz de alarma, un marcador capaz de llevarnos a un proceso de reflexión personal, capaz de hacernos para un segundo para mirarnos en el espejo y no cometer los mismos errores una y otra vez.
Por tanto, podemos decir que el origen del sentimiento de culpa es positivo. El problema, sin embargo, surge en la manera en la que gestionamos este sentimiento y en si lo hacemos con la flexibilidad necesaria para adaptarnos no sólo a nuestros valores, creencias o normas sino también a lo que está ocurriendo afuera, a la imprevisibilidad de la vida.
La vida es básicamente eso, imprevisible, no podemos controlar de quién nos enamoramos o la forma en la que lo hacemos, no podemos escoger el momento exacto en el que debemos lidiar con una separación, un despido o experimentar una pérdida. Sea por lo que sea, las cosas suceden, la vida tiene su propio ritmo y podemos dejarnos llevarnos por el o ir en su contra haciendo de la culpa nuestro peor enemigo.
Sentirnos culpables, al igual que preocuparnos en exceso por algo, es una actividad mental tremendamente autodestructiva, ya que gasta mucha energía mental y además hace que todo nuestro cuerpo reaccione a esta agresión creando reacciones químicas que pueden llevarnos a padecer una enfermedad.
¿Cómo podemos transformar este sentimiento en algo bueno?
Si bien no existe una forma de eliminarlo sí podemos ser capaces de recibirlo de una forma amistosa y transformarlo en vez de en agresividad hacia quienes somos en responsabilidad hacia quienes queremos llegar a ser.
Y es que el sentimiento de culpa nos convierte directamente en “víctimas”, nos coloca en una especie de espacio templado, exento de pasión y de energía. La responsabilidad, sin embargo, nos obliga a actuar para que las cosas cambien.
A veces hay quien se instala en una vida en la que se siente culpable por todo precisamente por los beneficios que produce esa pasividad. Una forma de vivir de puntillas, que no exige ponerse manos a la obra y ser firme en nuestros valores o en lo que es importante para nosotros. De ahí la expresión “esa sutil forma de autosabotaje”, que habla de cómo, por miedo, en algún momento de nuestras vidas preferimos mantenernos en un espacio templado en vez de cultivar el valor y la energía que requiere estar comprometido con la vida que deseamos.
Y tú ¿decides vivir una vida con pasión o prefieres quedarte inmovilizado por la culpa?
A continuación te propongo unas cuantas estrategias que pueden mejorar la forma en la que gestionas la inesperada llegada de este sentimiento:

• Observa en profundidad la situación:
Muchas veces el Ego y la Culpa pueden convertirse en amantes sutiles. Cuando transformamos nuestro foco atencional y comenzamos a prestar atención a la situación y no a nosotros mismos, convertimos esa agresividad mal dirigida en responsabilidad hacia lo que nos está pasando.
La mejor manera de no entrar en un bucle de arrepentimiento y reproches es hacernos preguntas ¿Por qué me siento culpable? ¿Podría haber hecho otra cosa? ¿Qué otras opciones hubiera tenido? ¿Qué beneficios obtuve de haber actuado así?
Este análisis hace que el neocortex (esa parte más desarrollada del cerebro humano) empiece a trabajar para nosotros, dejando de sentirnos enjaulados ante un vaivén emocional que no nos lleva a ninguna parte más que a padecer una situación que ni siquiera hemos hecho el esfuerzo de intentar comprender.

• Adopta la flexibilidad como valor.
Detrás de la culpabilidad, la mayoría de las veces, se esconde un pensamiento rígido y polarizado. El sentirnos dentro de un sistema de normas y valores inamovible nos impide adaptarnos a los imprevistos que conlleva el día a día.
Aferrarnos a la idea de que todo tiene que ser como creemos o deseamos que sea puede arrastrarnos a caminar por la vida con una gran mochila a nuestras espaldas. Manejarnos bien nos exige confiar en que en cualquier situación existe un aprendizaje si sabemos encontrarlo y que a veces los caminos más inesperados pueden conducirnos al lugar exacto en el que tenemos que estar para seguir creciendo.

• Somete a revisión tu sistema de creencias y valores.
A veces por el hecho de pertenecer a una determinada cultura asumimos como propios valores que no nos corresponden ni se corresponden con el tipo de vida que deseamos vivir.
Actualmente los modelos de familia, pareja y relaciones en general no paran de cambiar, la maternidad o el matrimonio no se entienden como en época de nuestras madres e incluso en el terreno laboral continuamente se están creando nuevos puestos o áreas departamentales fruto de las necesidades de una sociedad en continuo cambio.
No podemos eludir que el mundo se está transformando y sería una mera ilusión querer retener creencias, valores o normas que destruyen nuestra libertad, creando un sentimiento de culpa innecesario por no poder ajustarte a lo que habías imaginado que sería tu vida.
Probablemente tu vida nunca llegue a producirse de la manera que imaginaste pero eso lo único que significa es que eres absolutamente libre para descubrir tu propio destino.

Si Martin Luther King o Ghandi no hubieran imaginado un mundo libre de prejuicios raciales hoy sería imposible ver a un afroamericano sentado en el despacho oval, si Harvey Milk no hubiese defendido los derechos de los homosexuales, dos hombres no podrían pasear de la mano sin ser encarcelados o apaleados, y si las mujeres no hubiesen peleado por tener los mismos derechos que los hombres, ahora mismo no existirían mujeres en empresas o universidades.
Ser coherente y responsable con quien eres te obliga a poner en tela de juicio las normas y valores del sistema en el que vives. Aquellos hombres y mujeres que pasaron a la historia por ser capaces de romper lo establecido en un grito hacia la libertad, probablemente también sintieron culpa, inseguridad o miedo, pero decidieron hacer de eso su caballo de batalla hacia la construcción de un mundo acorde con sus valores.
¿Y tú? ¿De qué manera decides vivir tu vida?

Álvaro Cea – Psicólogo y coach

 

 

Standard

Una receta de la felicidad

 

Valores, Identidad y Ghandi

A veces cuando nos sentimos perdidos, cuando una ola de aconticimientos inesperados vuelve a lanzarnos violentamente a la cuneta sin brújula o cuando creemos cometer los mismos errores una y otra vez, entonces, en esos momentos de confusión, nos gustaría tener una maravillosa receta de la felicidad. Una sencilla receta, algo que nos enseñe el camino, la manera de alcanzar nuestros sueños o simplemente nos de aliento para despertar cada día ilusionados por algo.

Nos gustaría poder controlarlo todo, entender la manera en la que van a ocurrir las cosas, pero de lo único de lo que podemos estar convencidos es de que una situación puede mantenerse hilvanada en el tiempo y de repente una mañana todo habrá cambiado, habremos cambiado nosotros o habrá cambiado algo que amanecera en una situación absolutamente nueva.

Eso es lo que conocemos, la imprevisibilidad de la vida, la incertidumbre, y aunque nos empeñemos en querer controlarlo todo, una parte de nosotros ha de aprender a dejarse llevar por lo desconocido, a fluir como parte de nuestro propio viaje, y a poder ser con los ojos abiertos y sin miedo.

Lo que si podemos controlar es la manera en la que enfrentamos esa imprevisible realidad y nuestra manera de relacionarnos con ella. Supongo que si existiese una receta de la felicidad esto es lo que más se aproximaría a ella.

Cada uno tenemos nuestra propia esencia, y eso es algo de lo que estoy absolutamente convencido. De que en el minuto uno de nuestra vida algo increiblemente personal nos acompaña, algo que se va definiendo, concretando y transformando a lo largo de nuestro paseo por la vida.

Esa esencia, energía o algo personal que nos define, nos dibuja y nos conecta con otras personas, esta detrás de cada una de nuestras decisiones.

Esta esencia es lo que se reconoce como nuestra identidad, y es resultado de nuestros valores, pero no valores observados desde un marco ético o moral, sino como aquello que resuena fuertemente dentro de nosotros y que podemos afirmar con certeza que nos pertenece.

Esos valores pueden funcionar como una brújula en momentos de cambio o convertirse en una parada en medio de ninguna parte.

Detrás de nuestros valores están las personas que atraemos a nuestra vida, el oficio que hemos escogido o la manera en la que decidimos simplemente vivir.

¿Te has preguntado alguna vez cuáles son los tuyos?

Gandhi, por ejemplo, definió los suyos como parte del “Satyagraha” (dos términos sánscritos unidos que significan verdad y firmeza) a través de ideas como el sacrificio, el amor, la no violencia, el sentimiento de comunidad, la defensa de la mujer o la religión.

Te propongo un sencillo ejercicio, cierra los ojos e imagina todas aquellas personas que han dejado una profunda huella dentro de ti. Es fácil que te visite ese maestro de la escuela, un amor, un buen amigo o incluso alguien que siempre quisiste conocer. Si recuerdas todo aquello que te impresiono de ellos y lo cruzas en una lista veras cómo probablemente compartan ciertas cualidades que no reflejan otra cosa que tus propios valores.

Eso es lo que ha hecho que esas personas ocupen un lugar privilegiado de tu memoria y esos valores son las cuerdas invisibles que sostienen tu vida.

Ya tienes tu lista, adelante, coge una servilleta o escribe en el margen de tu libro cuáles son porque este viaje no ha hecho más que empezar.

Ser conscientes de cuáles son nuestros valores nos confiere inmediatamente una carga de energía extra, empezamos a sentirnos menos perdidos, empezamos a tener un mayor sentido de nuestra identidad y actuar en consecuencia con nosotros mismos.

También aumenta nuestro autoestima y toda esta fortaleza nos permite diseñar la vida que queremos, renunciando a todos aquellos hábitos o relaciones que aunque nos provocan un bienestar en el momento presente se alejan del lugar en el que desde el corazón deseamos estar en el futuro.

¿Por qué a veces nos alejamos de nuestros valores? ¿Por qué renunciamos a nuestra esencia en una búsqueda mal entendida de reconocimiento o afecto?

Tratamos de encajar en un patrón que moldea nuestra identidad y nuestras expectativas. Me viene la imagen de un perro dando vueltas sobre sí mismo persiguiendo su propia cola, como si en un intento desesperado quisiesemos coger energía de afuera sin reparar en toda la energía que habita en nuestro interior.

Cuando no nos comportamos como la persona que en nuestro foro interno creemos ser nos sentimos desconectados, raros y muchas veces frustrados y enfadados con nosotros mismos.

Aceptar quién somos, que tenemos una historia totalmente personal que nos confiere unos valores absolutamente propios, es el primer paso para alcanzar nuestro máximo potencial.

Afortunadamente somos únicos y distintos al resto y eso sólo nos puede convertir en un valor en sí mismo de aprendizaje y crecimiento tanto para nosotros como para las personas que nos rodean.

Cuando intentamos caminar con los zapatos de otro a lo único que podemos aspirar es a sentirnos incomodos o a tener rozaduras porque o bien nos quedan grandes o bien muy pequeños.

Eso no significa que nuestros valores no puedan variar, es más, nuestro top ten de valores está continuamente intercambiando posiciones en función del papel que jugamos en cada momento y de la flexibilidad con la que deseamos interpretarlo. Ahí está una de los mayores trabajos que exige convivir en esa fina línea entre valores y la propia vida, la flexibilidad.

La flexibilidad es un valor en sí mismo que muchas veces no nos permitimos tener y que a sus vez nos arrastra hasta un viejo conocido, al que en uno de mi artículos definí como la forma más sutil de autosabotaje y que no es otro que la culpa.

A veces, tener unos valores demasiado rígidos, a pesar de empoderarnos y mantenernos conectados con nosotros mismos, también nos puede aislar en una jaula donde dejamos de ser uno con la propia energía del universo.

Al igual que Ghandi, Hitler por ejemplo, es indiscutible que era una persona con unos firmes valores. Como se puede observar en su libro Mein Kampf (Mi lucha), el canciller alemán desplegó toda una ideología capaz de provocar el exterminio de miles de judíos.

Desconocemos si en sus últimos momentos de vida, justo antes de su suicidio, esos valores se destruyeron fruto de todo lo que estaba aconteciendo a su al rededor.

Esta lección histórica nos habla de la importancia de poner en tela de juicio tus valores desde una dimensión flexible pero a la vez firme con uno mismo.

Cuestionar nuestro sistema se valores es la mejor manera de alcanzar nuestro máximo potencial pero sin embargo, dejarse arrastrar por las dudas es el origen de la pérdida de confianza en nosotros mismos.

Esta pérdida de confianza, con la consecuente dispersión de energía derivada de ella, nos hace sentirnos inseguros, preocupándonos por decisiones del día día tan pequeñas como que tipo de leche comprar cuando estamos en el supermercado.

¿Cómo ser flexibles y a la vez firmes con quienes somos?

Retomando el ejemplo de Ghandi y colocándonos en su primer viaje a Inglaterra para estudiar derecho. Cuando este joven hindú llego al país se vio totalmente inmerso en una ciudad de distintas costumbres. Sus condiscipulos indios estimaban una estupidez su insistencia en cumplir su promesa sobre alimentación vegetariana. Sin embargo, Ghandi caminó de pensión en pensión, sin saciar nunca su hambre, hasta encontrar un restaurante vegetariano. Allí encontro un libro titulado “en defensa del vegetarianismo”, una lectura que le reforzó en lo que él era y creía. Había encontrado “autoridad”. El vegetarianismo fue para Ghandi una gran ayuda en diversas e inesperadas formas, gracias a el entró a formar parte de la junta directiva de la Sociedad Vegetariana de Londres, donde tuvo su primera experiencia en organización, una experiencia que transformaría la vida de este tímido muchacho de orejas puntiagudas que liberaría al pueblo hindú años más tarde.

Perseguir tus valores te coloca en el lugar adecuado para hacer de tu vida un excitante viaje lleno de desafíos. Esto es lo que podriamos definir como una especie de receta de la felicidad.

Instrucciones para la elavoración de la receta:

  1. Define tu top-ten de valores y tenlos siempre cerca. Puedes apuntarlos en la nevera, el espejo del baño o en el fondo de pantalla de tu ordenador.

  2. Establece un compromiso contigo mismo y con la vida que decides llevar a partir de hoy. Recuerda que nuestra palabra representa nuestra identidad.

  3. Actúa de manera coherente con tus valores y guiáte de ellos como si de una brújula se tratase.

  4. Incorpora la flexibilidad y la firmeza como parte del proceso

  5. Y nunca dejes de cuestionarte, porque sólo a través del cambio uno puede llegar a encontrarse a sí mismo.

    ¡Tú puedes transformar tu vida!

    Álvaro Cea – Psicólogo, actor y coaching.

Standard

Y tu corazón ¿Qué te dice?

Y tu corazón ¿Qué te dice?

Manejo Transformacional y Recuperación de la coherencia cardiaca

Hace varios meses reflexionaba en un artículo titulado “Audrey y el manejo transformacional” (https://alvaroceacoaching.wordpress.com/2013/08/21/audrey-y-el-manejo-transformacional/) acerca de la habilidad que poseen algunas personas para observar los conflictos del día a día como oportunidades de seguir creciendo y conseguir sus objetivos.

El manejo transformacional, como casi todo, se puede aprender, entrenar y desarrollar. Su principal enemigo, el estrés, se relaciona aproximadamente con el 90 por ciento de los problemas de salud que padece la población.

Padecer estrés es como llevar unas gafas dañadas que sólo nos permiten ver por un agujerito minúsculo todo lo que está aconteciendo frente a nosotros. Las oportunidades se vuelven inexistentes, todo está oscuro y parece como si no tuviésemos la energía suficiente para afrontar cada nueva situación.

Además, el estrés, prolongado en el tiempo, puede desembocar en cuadros como trastornos de ansiedad o depresión que van estrechando cada vez más ese agujero hasta tener la sensación de pasar por la vida caminando entre tinieblas.

A continuación quiero proponerte un sistema que pretende disminuir el estrés, mejorar tu manejo transformacional e impulsarte para lograr tus objetivos.

Se trata de la “Técnica de recuperación de coherencia cardiaca”.

En primer lugar, para entender bien cómo funciona nuestro corazón, tenemos que viajar a una pequeña parte de nuestro cerebro que se llama “cerebro límbico o emocional”.

Este mini cerebro es el que controla nuestras emociones y el que ante una señal de alarma reacciona “apretando el acelerador” (sistema simpático) que hace que el corazón bombee mucho más rápido.

En el lado opuesto, cuando el cerebro emocional no percibe alarma “pisa el freno” reduciendo nuestra frecuencia cardiaca.

Si estas acleraciones y desaceleraciones se dan de manera regular en un intervalo de tiempo se produce lo que denominamos coherencia del ritmo cardiaco. Si lo dibujásemos sería algo así como una curva que sube y baja de manera organizada. Es decir, la manera en la que nuestro corazón bombea es coherente con la situación que estamos viviendo.

Sin embargo, en situaciones de estrés prolongado, el cerebro emocional pisa el freno y el acelerador de manera caótica haciéndonos “perder la coherencia”.

Comenzamos a interpretar todo lo que ocurre como una amenaza constante y buscamos soluciones rápidas a problemas complejos.

El neocortex, esa parte del cerebro más sofisticada y evolucionada capaz de diseñar objetivos a largo plazo, se ve anulada por este cerebro emocional que asume todo el protagonismo.

Por eso, este estado estrés, a parte de distorsionar nuestra realidad hasta el punto de influir negativamente en nuestras relaciones sociales, nubla nuestra capacidad para vivir de acuerdo a objetivos mayores.

¡Cuando el estrés entra por la puerta, la coherencia cardiaca sale por la ventana, es un hecho!

Además, vivir en este continuo estado de estrés, a parte de desencadenar consecuencias fatales para salud como insomnio, bajada de defensas, alteraciones en el comportamiento, contracturas,… hace que nos sintamos continuamente agotados.

Por el contrario, cuando restablecemos la coherencia cardiaca, creamos un flujo interno de energía constante que podemos mantener tanto en un estado de meditación como en mitad de una maratón, no se trata de que el número de pulsaciones aumente o disminuya sino que la manera en lo que lo hace siga un ritmo controlado.

Estudios recientes de la Universidad de Stanford (California) han demostrado cómo el mantenimiento de la coherencia cardiaca, a nivel fisiológico incluye mejoras que abarcan desde la mejora del sistema inmunológico a la reducción de la tensión arterial, pasando por la capacidad para equilibrar nuestro sistema hormonal al disminuir el cortisol (la hormona vinculada al estrés) y segregar DHEA (la hormona de la juventud).

Al igual que el cerebro emocional es capaz de modificar el latido de nuestro corazón, el corazón también siente y es capaz de influir en toda nuestra fisiología haciendo que el neocortex y el cerebro emocional comiencen a trabajar juntos.

Cuando existe coherencia el cerebro se vuelve más rápido y preciso, siendo capaz de observar la situación en su conjunto, y por tanto desarrollando un buen manejo transformacional.

Pero ¿Cómo podemos comenzar a trabajar la coherencia cardiaca?

En primer lugar, dándole al corazón el lugar que le corresponde.

La tecnología emWave y el entrenamiento en Coherencia Cardiaca desarrollado por el HearthMath Institute de California facilitan el proceso de cambio para conseguir un estado coherente en las personas pero lo que han demostrado todos estos estudios es cómo simplemente llevar la atención consciente al centro neuronal que habita en la zona cardiaca hace que nuestra coherencia cardiaca se restablezca por sí misma.

Parece tan sencillo que hasta puede suscitar dudas, sobre todo teniendo en cuenta que España gasta 475 millones al año en antidepresivos pero ¿Cuántas veces al día paras y te detienes a ver la manera en la que tu corazón está sintiendo?

Tu corazón puede convertirse en tu mejor aliado, en una brújula capaz de guiarte a ese lugar sereno desde el que poder construir el camino hacia tus sueños.

Muchas personas que acaban sufriendo enfermedades cardiacas no suelen ser conscientes de cómo el ritmo de su corazón ha comenzado a comportarse hasta que llegan a un punto sin retorno. Son 23.000 las bajas laborales que se producen en España a consecuencia de enfermedades cardiovasculares.

Tú puedes mejorar tu coherencia cardiaca ahora, incorporando sencillos hábitos en tu día a día

  • Ejercicio para trabajar la coherencia cardiaca:

Haz dos respiraciones profundas intentando relajar tu cuerpo y lleva tu atención al corazón. Intenta aislarte de todo y sólo concentrarte en la manera en la que tu corazón bombea con cada inspiración. Ahora intenta visualizar tu corazón como una fuente continua de energía que con cada inspiración se va llenando de fuerza imprimiendo a su vez energía en todo tu cuerpo (puedes visualizarlo como luz, color o como una sensación corporal de calor que se va extendiendo con cada inspiración), con cada espiración visualiza como todo aquello que no necesitas abandona tu cuerpo por el centro de tu pecho.

Estudios recientes han demostrado también que emociones positivas generan una oleada de coherencia que se refleja directamente en el registro de frecuencia cardiaca, así que te animo a que al finalizar el ejercicio traigas a tu memoria un recuerdo positivo para que la sensación de coherencia se siga manteniendo.

¡Tú puedes transformar tu vida!

Álvaro Cea – Psicólogo, actor y coaching

 

 

Standard

¿Cómo superar nuestro miedo al éxito?

¿Alguna vez te has preguntado hasta que punto estás comprometido con tus sueños? ¿Y si te dijese que el principal enemigo de tu éxito eres tu mismo?

Esto puede resultar bastante contradictorio. Parece que a todos nos gustaría conseguir aquello que nos hace ser felices en la vida, pero en el momento en el que nos ponemos a trabajar para alcanzarlo surgen toda una serie de estrategias dispuestas a frenarnos o a obstaculizar nuestros objetivos.

¿Por qué ocurre esto?

En torno al concepto del éxito giran una serie de creencias que muchas veces están relacionadas con el miedo que despierta en nosotros la posibilidad de conseguirlo. Entre ellas se encuentran “la fantasía del gigante” y el “no merecerlo”.

La fantasía del gigante” surge de la idea de que tener éxito implica un nivel de exigencia incapaz de mantener. Es como si alcanzar nuestros objetivos y ser felices conllevase renunciar a fallar, a sentirnos vulnerables y mantener un nivel continuado de alerta con nosotros mismos.

¿Podré con mi nueva vida? ¿y con mi nueva profesión? ¿Podre sobrellevar esta nueva relación de pareja?

Así, cuando decidimos buscar de manera consciente lo que deseamos, surgen el miedo y la incertidumbre de si podre lidiar con esta nueva aventura. Al fin y al cabo tener una vida mediocre siempre puede ser resultado de lo que nos rodea, de las circunstancias o de la mala suerte pero cuando asumimos el compromiso consciente de conseguir nuestros sueños, aparece un nivel de exigencia con nosotros mismos mayor del que en ocasiones estamos dispuestos a asumir.

Cuando decidimos tomar las riendas de nuestra vida ¿Qué ocurre? que no podemos culpar a nada ni a nadie.

Ahora vuelvo a lanzarte la pregunta con la que empezaba el artículo: ¿Hasta qué punto estás comprometido con tu éxito? Y sobre todo ¿Qué significa tener éxito para ti?

A menudo “la fantasía del gigante”, como muchas otras creencias, parten de un mal aprendizaje con respecto a lo que éxito significa. Si dedicas unos segundos a contestar de manera sincera a estas dos preguntas probablemente percibas más conscientemente todas las creencias que obstaculizan tus objetivos.

El éxito en sí mismo no tiene valor, depende de aquellas cosas que son importantes para nosotros. Hay quien percibe como un éxito en sí mismo estar en un proceso de cambio y quien sitúa el éxito en un lugar tan alto que jamás podrá alcanza, con el consiguiente sentimiento de frustración y derrota.

Además. en función de las experiencias que vamos alcanzando nuestro concepto también va evolucionando y van surgiendo nuevos deseos y sueños. El problema surge cuando el miedo al cambio, a lo que podría pasar si conseguimos aquello que anhelamos, no nos permite avanzar.

Si a una persona que ha logrado sentirse satisfecho con su vida le preguntases cuántas veces ha fallado, o se ha encontrado con problemas que desafiaban su visión de las cosas o ha dudado de poder conseguir objetivos me aventuraría a decir que la respuesta sin lugar a duda sería muchas.

No fallar nunca es imposible”, pero sí es posible asumir los fallos como parte de la vida y de un buen aprendizaje.

Otra creencia importante en torno a todo este asunto es la del “no me lo merezco”.

Desde mi punto de vista, esta creencia es la que resulta “menos fácil” de trabajar ya que tiene que ver con un compromiso grabado en la parte más inconsciente de nuestro cerebro y que desarrolla todo tipo de estrategias para sabotearnos.

Se trata de un compromiso que pretende “dar la razón” a todos aquellos que en un momento de nuestra vida nos hicieron sentir incapaces de triunfar.

Cuando hemos desarrollado esta creencia, aunque en un primer momento seamos capaces de aproximarnos a nuestros deseos e incluso consigamos superarnos, suelen producirse muchos momentos de miedo y frustración, en los cuales hábitos perjudiciales, adicciones, mecanismos de autosabotaje o pensamientos de baja autoestima resurgen con más fuerza que nunca.

Todos en mayor o menor grado hemos podido llegar a tener este tipo de pensamientos, sobre todo a medida que vamos observando como un cambio inminente se aproxima, pero el asunto es ¿hasta qué punto te están limitando y son la fuente de tu miedo a pegar el salto?

En primer lugar debemos ser conscientes de que este tipo de creencias, a pesar de que puedan llegar a obstaculizar nuestro proceso de crecimiento, sí tienen una utilidad. Nos proporcionan seguridad y coherencia y dan forma a quienes somos. Por eso, están instaladas en una parte muy profunda de nosotros mismos, para que a la mínima todo este complejo entramado no se venga abajo dejándonos desprotegidos.

Tiene sentido que cuando de manera consciente decidimos cambiarlas una ola de acontecimientos comiencen a producirse. Después de habernos pasado la mayor parte de nuestra vida actuando y pensando de una determinada manera, instalar nuevos patrones de conducta duraderos no se hace de la noche a la mañana, ya que eso amenazaría nuestra “zona de confort”.

La zona de confort podría ser como una especie de corteza que cubre esa estructura de la que hablábamos antes, caracterizada principalmente por una sensación de seguridad.

Esto no quiere decir que esta zona sea agradable, lo que quiere decir es que cerebralmente esta exenta de riesgo porque la reconocemos como una “zona conocida”.

Así por ejemplo, una situación de abuso o una adicción es algo que se ha ido gestando progresivamente en nuestra vida y forma parte de nuestra zona de confort pese a que esté lejos de confortarnos.

Aquí empieza la parte complicada porque a pesar de que podemos llegar a identificar conscientemente pautas de comportamiento dañinas no resulta fácil aplicarlo de manera inconsciente. El cerebro identifica lo conocido como bueno y lo desconocido como riesgo potencial y crea un temor irracional capaz de habilitar mecanismos de autosabotaje para mantenernos en este lugar seguro.

Un ejemplo de estos mecanismos de autosabotaje sería una persona que siempre se pone enferma cuando tiene una entrevista de trabajo importante porque su cerebro a nivel inconsciente le dice ¿Y si no me sale bien la entrevista? ¿Y si me cogen? ¿Podré manejar ese nuevo trabajo? ¿y si se dan cuenta de que no soy lo suficientemente bueno como para llevarlo a cabo? Volviendo a la reflexión que hacía al principio, echarle la culpa a algo ajeno a nuestro control, como estar malos, nos protege de nuestro miedo a no superar las expectativas.

Una de las características que definen a la zona de confort es que crea un nivel de rendimiento invariable. Es decir, cuando nos mantenemos en nuestra zona de confort dejamos de aprender. Otra, es que es muy difícil romperla debido a que el ser humano, como cualquier otro animal, quiere encontrarse seguro.

El deseo de desarrollarnos, de seguir aprendiendo y de alcanzar nuestros sueños nos obliga a salir de nuestra zona de confort, nos hace acceder a lugares en los que no estamos habituados a actuar. El problema es que aquí es donde el miedo adquiere más y más fuerza y con el aparece el autosabotaje.

Ante la posibilidad de alcanzar el éxito en algo, a veces nos dedicamos a arruinar esa posibilidad de manera principalmente inconsciente a través de comportamientos, actitudes o pensamientos que funcionan como un mecanismo de defensa.

Incluso todo tipo de adicciones, síntomas obsesivos o dolores psicosomáticos pueden convertirse en la expresión de la forma en la que nos negamos a conseguir el éxito.

Cuando empezamos a ser conscientes de todos estos mecanismos de autosabotaje que hemos venido haciendo es probable que aparezca la culpa. Lo más curioso de esto es que la culpa, en su nivel más delicado, es otra forma más de autosabotearnos. Todos en menor o mayor grado nos autosaboteamos por el miedo a fallar y eso es parte del ser humano. La culpa no sirve para nada, el autoconocimiento y la acción, por el contrario, sí. Si no has podido conseguir tus objetivos hasta ahora no significa que justo en este momento no estés preparado y seas capaz de conseguirlos.

El primer paso para lidiar con el miedo al éxito consiste en hacer conscientes nuestros mecanismos de autosabotaje, entender qué “beneficios secundarios” obtenemos con ellos y subir el primer escalón hacia un proceso de “reestructuración cognitiva” que nos permita lidiar con el miedo a movernos de nuestra zona de confort desde un sentimiento de aceptación y amor hacia nosotros mismos.

Es importante entender que cuando realmente nos estamos saboteando nuestra mente racional intenta justificar de cualquier forma la manera en la que nos comportamos por eso un cambio real no suele producirse de la noche a la mañana.

Cualquier situación nueva necesita adaptarse y eso requiere de tiempo y paciencia y de incorporar la creencia facilitadora de que “asumir nuevos desafíos genera nuevas pautas y nos coloca más cerca del lugar en el que queremos estar”.

El lado positivo de todo esto, es que a pesar de que nuestro cerebro tiene esa parte instintiva que busca seguridad también es capaz de adaptarse a los cambios e ir ampliando nuestra “zona de confort” de manera progresiva y sin que apenas nos demos cuenta.

Y dicho esto.. ¿De qué manera puedo ampliar mi zona de confort y lidiar con el medio que todas las creencias en torno al éxito provocan en mí? Ahí van algunas estrategias que nos pueden ayudar a vencer nuestro “miedo al éxito”:

 

  1. Una buena forma de afrontar conscientemente la “fantasía del gigante” está en preguntarte ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Y lo mejor? ¿Qué ocurre si fracaso? ¿Y si tengo éxito? Estas dos preguntas mágicas contestadas con honestidad hacen que el miedo disminuya como un gran telón desplomándose sobre un escenario que deja entrever una visión más realista de la situación.

  2. Mantener una imagen clara de cuáles son tus objetivos es vital para que tu cerebro empiece a reprogramarse y tengas motivación suficiente para abordar nuevos desafíos.

  3. Aprender a convivir con el miedo. En nuestra cultura se niegan todo los aspectos que consideramos negativos, y por ende el miedo es apartado de nuestra vida. Sin embargo, las emociones van y vienen y el miedo es una emoción tan valida como la alegría, siempre que no nos paralize. Nos sirve para saber que estamos entrando en un lugar distinto al anterior y sobre todo, forma parte de nosotros.

  4. Desarrollar un programa de rutinas y horarios es capaz de anclar a su vez todos esos hábitos positivos que estás desarrollando y funciona como una balsa para que en aquellos momentos de tormenta tengas un lugar en el que poder apoyarte antes de continuar nadando. Esto nos da la seguridad necesaria como para hacer que nuestro cerebro no entre en un estado permanente de alarma y consiga expandir nuestra zona de confort.

  5. El apoyo de los que nos rodean en los momentos de autosabotaje es crucial para poder superarlos, siempre que te ayuden racionalmente a superarte y valorar todo el proceso que estás llevando a cabo, superándote y venciendo a tus miedos día a día.

¡Tú puedes transformar tu vida!

Álvaro Cea – Psicólogo, actor y coaching.

Standard

Transformando creencias, descubriendo realidades

Nuestro camino hacia el éxito depende en gran medida de la forma en la que hemos construido nuestro mundo. Tener objetivos y marcarnos un plan para alcanzarlos no basta si no conocemos las creencias que habitan en el sustrato de cada tierra que pisamos.

No existe una realidad igual, cada uno construye la suya propia en función de aquellos conocimientos o ideas que interpreta como verdaderos. Digamos que no vivimos la realidad en sí, sino una elaboración mental de la realidad que creemos conocer en base a lo que hemos aprendido del mundo y a cómo hemos aprendido que el mundo funciona.

Esto significa que nuestras creencias acerca de lo que ocurrirá, de nuestras capacidades o de quiénes somos realmente, condicionan nuestra manera de actuar y de percibir las cosas.

Sin embargo, lo que más llama la atención de las creencias, es que muchas veces no se forman como resultado de una experiencia propia y genuina, no son consecuencia de un proceso de reflexión personal ante un determinado acontecimiento en tu vida, el gran misterio de las creencias es que muchas veces, a pesar de motivar y controlar nuestra conciencia, ni siquiera nos pertenecen.

Esta idea puede provocar una especie de choque en la cabeza de cualquiera. Hay personas que asesinan por una creencia, otras, por el contrario, pueden dedicar toda su vida a los demás por la misma razón, estamos tan identificados con ciertas ideas que nos resulta muy difícil considerarlas como ajenas a quienes somos en la parte más profunda de nosotros mismos.

Sin embargo, la realidad es bien distinta. La gran mayoría de las creencias que tenemos, se forman en esa etapa temprana en la que estamos empezando a comprender cómo funciona el mundo. En ese momento de máxima inquietud y vulnerabilidad aceptamos como realidad, aquellas creencias que nuestros padres, educadores o personas de autoridad depositaron sobre nosotros sin, en la mayoría de los casos, haber entendido el por qué eso era así.

Así, las creencias fielmente arraigadas en nuestra infancia son las más poderosas, a pesar de que a lo largo de nuestra vida, las experiencias que vamos teniendo, las personas de las que nos nutrimos o el entorno en el que nos desarrollamos configuran de manera más compleja este sistema de creencias que controla nuestras motivaciones y esperanzas.

Las creencias que aprendemos, se deslizan como por un tobogán, saltándose la parada de la consciencia y comienzan a flotar en el subconsciente condicionando nuestra manera de percibir el mundo y de relacionarnos con el. De esta forma, una creencia repetida constantemente sigue deslizándose hasta pasar a un terreno mucho más inexplorado, el inconsciente. Allí, comienza a impregnar cada célula de nuestro sistema creando ese intransferible concepto de realidad.

Cuando una creencia esta fuertemente instalada en nuestro inconsciente, nuestra mente comienza a no prestar atención o creer en todas aquellas experiencias que no están sostenidas por ella, comenzamos a esperar que todo ocurra según esa creencia que gobierna nuestro mundo.

Esta es una de las razones por las que cuando nos hacemos mayores nos resulta tan difícil admitir pensamientos, ideas o acontecimientos distintos a los que esperamos que sucedan, ya que ponen en peligro todo el castillo de suposiciones que hemos construido en una parte muy profunda de nosotros mismos.

Cuando tú asumes una creencia, estableces un compromiso inconsciente con ella y siempre vas a darle la razón. Estas dando razón a aquellos que te tenían que cuidar cuando estabas desprotegido y con quienes estableciste una deuda, ellos te mostraron quién eras y tú ahora, en este torbellino de relaciones, a veces llenas de drama, estás manteniéndote fuerte en tu compromiso por salvaguardar su autoridad. Estás siendo un héroe, pero en ocasiones, no de la manera más útil para alcanzar tus objetivos.

Existen muchos tipos de creencias. Algunas creencias son globales como “la vida es dura” o “toca hacer lo que hace todo el mundo . Otras funcionan como reglas, del tipo “si no eres responsable no conseguirás nada en esta vida” o “si demuestro debilidad me harán daño”. Estos ejemplos supongo que os pueden dar una idea de la relación directa que las creencias ejercen en nuestro camino hacia desarrollar nuestro máximo potencial y sobre todo ser felices.

Sin embargo, en este artículo me gustaría hacer un especial hincapié en aquellas creencias que hablan acerca de nosotros mismos: las creencias de identidad o todo aquello que creemos que somos, o que nos han contado que somos y que puede que se haya cristalizado en una gran barrera hacia nuestros deseos.

Podríamos meter las creencias dentro de dos tipos: facilitadoras o limitadoras.

Las creencias positivas o facilitadoras son aquellas que hacen posible que nos desenvolvamos en la vida con éxito y alcancemos nuestros sueños.

Es fácil entender cómo a un niño si desde pequeño se le motiva y se desarrolla en el una convicción de que “puede conseguir todo lo que se proponga” tendrá una tendencia a actuar, a plantearse retos mayores y a estar dos pasos por delante de otro que ha crecido creyendo que “nunca llegará a nada”.

Por ejemplo, una muy buena amiga mía y excelente terapeuta tiene la firme creencia desde niña de que pase lo que pase “todo saldrá bien”. Eso le hace percibir los contratiempos del día a día o los reveses del destino como fuentes de aprendizaje y encararlos con la suficiente energía y resolución porque para ella lo que está pasando es positivo para su desarrollo y pase lo que pase al final del camino… “todo saldrá bien”.

En la otra cara de la moneda están todos los miedos, inseguridades, o incapacidades que sin pertenecernos hemos heredado sin cuestionar ni una sola palabra. Las creencias limitadoras son esas ideas, pensamientos y convicciones que hemos aceptado como propias porque partíamos de una creencia aún mayor, de la creencia de que los adultos, la gente que “te tiene que querer, cuidar y enseñar”, “tiene razón”. Pero la única realidad es que un padre, un educador o una figura de autoridad comparten un rasgo fundamental: son seres humanos y por tanto, muchas veces se equivocan. Es más, muchas veces proyectan sobre los niños sus propios miedos, inseguridades o dudas sin ni siquiera darse cuenta.

Nuestras creencias moldean, influyen e incluso pueden llegar a determinar nuestro grado de inteligencia, nuestra salud, nuestras relaciones y por supuesto nuestro camino hacia el éxito.

Un ejemplo de cómo las creencias determinan nuestras relaciones está en el tipo de relaciones de abuso que desarrollan víctimas de maltrato en la infancia.  A lo largo de nuestra vida tendemos a relacionamos con personas que tienden a validar y ratificar nuestras creencias. Si has crecido con la idea de que “hagas lo que hagas nunca conseguirás nada”, “no eres inteligente” o “no te mereces que te quieran” te rodearas de personas que validen esa creencia, porque esa es tu zona de confort, forma parte de esa realidad que configura tu vida.

No te desafío a que te enfades o a que desarrolles una animadversión contra aquellos que han podido hacerte creer cosas inútiles sobre ti mismo. Te reto a que des un paso firme y seas capaz de descubrirte, de valorar que creencias facilitadoras positivas te han hecho llegar hasta el punto en el que estás ahora y conservarlas el resto de tu vida y descubrir cuáles te han limitado, ya no te sirven y es el momento de cambiarlas por otras que comiencen a desarrollar tus habilidades y todo lo fantástico que puedes aportar al mundo.

Os contaré una historia personal para ilustrar el tema de las creencias.

Puedo recordar un momento en el que a punto de hacer un viaje a Londres, pasada mi adolescencia, mi madre le dijo a una amiga con la que iba a realizar el viaje, que tuviésemos cuidado, ya que yo tenía una orientación malísima desde niño y podríamos perdernos. Yo recuerdo muy bien ese momento porque algo dentro de mí me hizo sobresaltarme, nunca había reparado en que tuviese mala orientación, incluso puedo decir que lo interpreté como una anécdota sin importancia pero la realidad es que a partir de ese momento hice esa creencia mía y asumí que en realidad “tenía una orientación espacial horrible”. Puedo recordar muchos viajes con amigos desde ese momento en dónde siempre les instaba a que fueran ellos los que guiaran el grupo porque yo temía que nos perdiésemos.

Años más tarde decidí viajar solo a la India. Recuerdo pasear por sus calles como si siempre hubiera vivido allí, tenía claro dónde estaba, recordaba bien los puntos significativos de las ciudades e intuía que camino debía ser el correcto para llegar a mi destino. Recuerdo en especial una pequeña ciudad llamada Puskar que está llena de bazares donde una mañana conocí a Tal y a Tamar, dos israelitas de Tel Aviv. Decidimos perdernos entre bazares y restaurantes y ellas no paraban de sorprenderse y adular mi manera de encontrar el camino correcto y de saber donde estábamos en cada momento a pesar de llevar sólo un día en esa ciudad situada a la orilla de un gran lago sagrado. Allí me di cuenta de que en realidad me orientaba de maravilla, que la orientación espacial era una de mis habilidades, una de la que a partir de ese momento hago gala siempre que viajo con mis amigos.

¿Os imagináis la cantidad de herramientas, habilidades y sueños dormidos que poseemos y que no aprovechamos porque hemos dado por hecho que no nos pertenecen o que no son parte de nuestra vida?

Quizá este sea el momento perfecto para comenzar a practicarlas.

 

  • Entrenamiento de Conciencia: Haz un recorrido por aquellos momentos de tu vida en los que decidiste no hacer algo que deseabas por miedo a no poder llevarlo a cabo, momentos en los que no te viste lo suficientemente preparado o dudaste sobre tu capacidad para desarrollarlo. Piensa en todas esas creencias que has hecho tuyas y que te dificultan emprender algo que deseas y ponlo por escrito. Esa será tu listado de creencias. A partir de ahora puedes empezar a cambiarlas.

  • Afirmaciones: Elije qué es lo que quieres introducir en tu vida a partir de ahora y que contrarresta esa creencia que te impide alcanzar tu sueño. Escribe tu frase en un pequeño papel, de forma clara, concisa, no demasiado larga, en tiempo presente y en positivo. Repítela varias veces todos los días, no de manera automática, intentando estar lo más relajado posible, sintiéndolo desde lo más profundo de ti, dejando empapar así tu sistema de esa nueva información que va a encargarse de hacer desaparecer de tu vida todas esas convicciones que no son tuyas, que no te pertenecen.

  • Visualízate: Otra manera de contrarrestar creencias negativas es ser capaz de visualizarte consiguiendo aquello que deseas, ya que al igual que las afirmaciones, visualizarte siendo capaz de alcanzar tus objetivos opera en el mismo terreno subconsciente donde se plantan las creencias. Una visualización prolongada no sólo neutraliza aquellas creencias firmemente arraigadas, sino que además provoca una mejora del desempeño de una determinada acción. Por esto, muchos deportistas incorporan la visualización en su entrenamiento diario.

  • Aumenta tu confianza en ti y en tu potencial: Comienza con visualizaciones y afirmaciones que puedas alcanzar fácilmente si te lo propones, aumentarás la confianza en ti mismo para cambiar las cosas.

     

La primera creencia que debes incorporar a tu vida es que “la transformación es posible”. Piensa en tu cerebro como si fuese un ordenador, cada imagen o mensaje que depositas en esa unidad central de procesamiento es capaz de transformar cada célula de nuestro cuerpo. Es más, visualízate siendo parte de una continua transformación, cada segundo nuestro cuerpo se deshace de 10 millones de células y crea otros 10 millones al segundo siguiente, impregna cada nueva célula de tu cuerpo de lo que deseas para tu vida y verás cómo tu forma de sentir, de percibir cada cosa que ocurre a tu al rededor y de actuar se transforma y se encamina hacia conseguir todo lo que deseas.

¡Tú puedes transformar tu vida!

Álvaro Cea – Psicólogo, actor y coaching.

 

 

 

 

 

 

 

Standard

Transformando tu realidad.. Y tú ¿a qué atiendes?

Nuestro concepto de realidad está formado por todas aquellas experiencias a las que de manera consciente o inconsciente prestamos atención.

¿cómo podemos transformar la forma de construir nuestra realidad y comenzar a atender a lo que realmente importa..?

Ser capaces de alcanzar una atención orientada a la felicidad, de liberar nuestro máximo potencial y ver todas las oportunidades que van apareciendo en el camino, es una habilidad que al igual que la transformación de hábitos o la construcción de una buena red de apoyo, se puede crear.

¿Y si en vez de convertirnos en víctimas de las circunstancias comenzásemos a comportarnos como creadores de nuestra propia experiencia?

 

Nuestra habilidad para atender nos permite descifrar el mundo. Sería imposible asimilar la totalidad de la experiencia que percibimos. La atención destila el universo dando lugar al concepto de tu propia realidad aunque a veces la realidad que escogemos crear no resulta la más adecuada para disfrutar de nuestra vida al máximo.

Investigaciones con sujetos depresivos, por ejemplo, muestran cómo la naturaleza selectiva de la atención posee una relación directa con trastornos del estado de ánimo. Estos estudios infieren que las personas depresivas se centran atencionálmente en pensamientos negativos y orientados hacia el futuro.

En el otro extremo de la balanza, los estudios de la doctora Barbara Fredrickson, catedrática de psicología en la Universidad de Carolina del Norte, han demostrado cómo prestar atención a pensamientos que generan emociones y estados afectivos positivos, aumenta los recursos físicos, intelectuales y sociales con los que una persona cuenta.

Este modelo de “ampliación y construcción” explica cómo los pensamientos positivos permiten que los seres humanos aumentemos nuestro campo de pensamiento y nuestra capacidad para actuar y generar respuestas más creativas y variadas ante un determinado problema. Además, facilita la creación de relaciones de cooperación y en general hacen que una persona sea capaz de mostrar un conocimiento más profundo y socialmente mejor integrado de las situaciones.

Prestar atención a aquellos pensamientos que nos provocan emociones positivas, aumenta nuestra confianza y habilita en nosotros un tipo de manejo transformacional que permite reenfocar los contratiempos convirtiéndolos en desafíos, nos hace sentir más seguros y capaces de alcanzar nuestras metas y finalmente genera una “espiral ascendente” de emociones positivas que permite seguir manteniendo este tipo de pensamientos.

Fijarse en pensamientos o experiencias negativas, por el contrario, genera un sentimiento de impotencia y desesperación que lleva a la inactividad y a la pérdida de confianza y autoestima.

No es de extrañar que terapias cognitivas de reenfoque atencional tengan tanto éxito con pacientes depresivos, a pesar de que otros factores genéticos o ambientales son determinantes en el proceso de mejoría de este tipo de pacientes.

Junto a esta herramienta, un rasgo distintivo en el manejo atencional de personas que dicen gozar de una vida llena de satisfacción y cargada de significado, se encuentra la capacidad de centrar la atención en el momento presente.

A veces parece que en nuestro afán por alcanzar nuestras metas, nos obsesionamos con el futuro y nos olvidamos de lo que está ocurriendo en el momento presente. Si bien marcarnos metas y organizar nuestro tiempo es altamente efectivo para lograr ser felices, también lo es ser capaces de ocuparnos en lo que está sucediendo aquí y ahora. Localizar nuestra atención en el momento presente disminuye el estrés, aumenta nuestra productividad y al igual que los pensamientos positivos nos permite desarrollar un pensamiento mucho más amplio.

Cientos de hospitales en EEUU incluyen la técnica de atención focalizada en el momento presente como apoyo en terapias de superación de enfermedades como el cáncer.

Este tipo de actividad, que consiste en una meditación diaria (centrada en llevar la atención en el fluir de la respiración y en el estado del cuerpo) permite alejar de nuestra cabeza aquellos pensamientos relacionados con el futuro, que conectan con miedos y dudas y nos distraen del momento presente.

Es un hecho que cuando la mente no tiene nada en lo que ocuparse, todos aquellos problemas potenciales que esperaban con atención, asumen el control haciendo tambalear nuestro equilibrio. Ser capaces de reenfocar nuestra atención en el momento presente hace que nos mantengamos en el camino correcto hacia nuestros objetivos.

Además, durante este tipo de meditación, tienen lugar cambios como el aumento de la plasticidad cerebral, la disminución de la actividad metabólica neuronal y la mejora del sistema inmune, por lo que influye de manera muy positiva en la salud y es de gran ayuda, por ejemplo, para tratar el dolor crónico, trastornos como la depresión, la ansiedad o el estrés y en enfermedades como el cáncer.

De hecho, conclusiones publicadas en Psychiatry Researchindican que seguir un programa de meditación durante ocho semanas puede provocar considerables cambios positivos en las regiones cerebrales relacionadas con la memoria, la autoconciencia, la empatía y el estrés.

En definitiva, todos estos resultados muestran cómo mantener un pensamiento positivo y centrado en el momento presente es más que básico, no sólo para mantenernos en el camino correcto para alcanzar nuestros objetivos, sino también para mejorar nuestra salud y disfrutar de una vida plena cargada de bienestar.

Sin embargo ¿Por qué si tenemos pleno potencial para reeducar nuestro cerebro a veces preferimos estar centrados en todo lo que nos causa sufrimiento?

Parece que este estilo atencional focalizado en el lado malo de las cosas, al igual que un hábito, se planta en el cerebro y crece como si se tratase de un árbol que va cogiendo más y más fuerza, retroalimentando a su vez otros pensamientos negativos y haciéndonos creer que somos algo distinto a lo que en realidad somos, que no existe posibilidad de cambio o de transformación posible.

Nos convierte en víctimas de las circunstancias, nos lleva a padecer las situaciones en vez de a actuar para intentar cambiarlas y a nivel social construye esa “cultura del dolor y el fracaso” en donde parece que ver el vaso medio vacío te convierte en una persona mucho más sensata y precavida que el resto, aunque la investigación en neuropsicología diga todo lo contrario y el sentido común nos permita sentir que la vida es un regalo que debemos disfrutar al máximo.

Si atendemos a lo estrictamente científico, la realidad es que las células de nuestro cuerpo se crean, mueren y reemplazan muchas veces a lo largo de nuestra vida. Los seres humanos estamos sumidos en un cambio continuo cada décima de segundo y por tanto lo único ilógico e insensato es creer que nosotros no podemos transformar nuestra vida aquí y ahora.

Hace unas semanas leía una entrevista a Michael Douglas en la que hablaba sobre el cáncer. El actor decía dedicar parte de su tiempo libre a “ver deportes o cualquier cosa cuyo final no estuviese claro” a lo largo de su enfermedad. Y es que dejar de estar en el futuro, centrarnos en el aquí y ahora y confiar en que todo puede salir bien y cambiar en cualquier momento, es clave para hacer que nuestro cuerpo reaccione y transformar nuestra vida.

Dos años más tarde y contra todo pronóstico, Douglas a vuelto al cine por la puerta grande con “Behind the Candelabra”, un papel que le ha supuesto uno de los mayores desafíos en su carrera del actor, incluso después de haber perdido 20 kilos y superado un cáncer en estadio 4.

El secreto de la calidad de vida que vives está localizado en cómo atiendes a lo que te rodea. Reinterpretar la realidad y atender a lo que realmente importa, puede convertirse en la llave maestra de todas las puertas posibles hacia el éxito. 

Controla la información del exterior. Al igual que evitamos ambientes cargados de humo o de ruido, evitar información nociva procedente del exterior es básico para nuestra salud mental.

Concéntrate en todo lo positivo que te rodea. Ya has visto los beneficios que el pensamiento positivo genera en tu organismo, aprovéchate de ellos.

Olvida el pasado. Hoy tienes la capacidad de atender a lo que realmente importa y transformar tu realidad. Focalízate en el momento presente y en la persona que estás dispuesto a ser.

Concentra tu atención en aquello que deseas. El sólo hecho de tener objetivos e intentar conseguirlos aumenta tu felicidad y el concepto de quién eres. Intentarlo te coloca un paso por delante de no hacerlo.

No dudes, Confía. Introduce la palabra valentía en tu diccionario, encaminarte a tus sueños exige tomar decisiones.

Constrúyete. Reaccionamos, huimos, tomamos decisiones y perseguimos objetivos en función de aquello que creemos que somos. Aquello que tal vez nos hemos repetido tantas veces que hemos acabado por creer, pero y si eso no es del todo cierto. y si pudieses ser una persona totalmente distinta.. ¿Qué escogerías introducir en tu vida? Comienza a actuar según la persona que eres.

Crea A efectos neurológicos, estar inmerso en una actividad creativa genera un aumento de nuestras emociones positivas que a su vez ancla la atención y la expande. No hace falta que seas pintor, escritor o pianista, apostar por una idea que brota en tu mente y llevarla a cabo, aumenta tu energía y te renueva por dentro. ¡Atrévete a crear!

Atiende a tus emociones, no te recrees en ellas. Llevar nuestra atención a lo que estamos sintiendo nos hace estar conectados en el momento presente y por tanto provoca infinitos beneficios en nuestro organismo. Las emociones, por sí mismas, no son buenas ni malas, son parte de la vida, lo que son positivas o negativas son las interpretaciones que hacemos sobre ellas.

¡Tú puedes transformar tu vida!

Álvaro Cea – Psicólogo, actor y coaching.

 

Standard